En primavera, Emma se mudó a un apartamento modesto y soleado. La habitación de los niños era pequeña, tranquila y segura: sin cerraduras, sin secretos, solo luz.
Y al ver a Sophia dormida, Emma sintió que algo desconocido, pero poderoso, crecía en su interior. No miedo, ni arrepentimiento. Sino resiliencia, forjada a fuego.
Miguel podría seguir existiendo en algún lugar, lleno de resentimiento y remordimiento. Pero ya no tenía influencia sobre la historia.
Esta historia ahora les pertenecía a ella y a Sophia: una historia de huida, perseverancia y perseverancia.