Presa fácil, decidieron.
Esa noche, se acercaron al portón y llamaron a la puerta.
Un hombre mayor vestido de negro y con una chaqueta de cuero desgastada abrió la puerta. Su rostro era sereno, su mirada atenta.
"No nos esperaban, pero vinimos", dijo uno de los bandidos con una sonrisa.
El anciano observó lentamente sus tatuajes, hombros tensos y rostros desafiantes.
"¿Qué quieren?", preguntó con calma.
"Su casa. Y nos iremos en paz."
"No. ¿Tienen más preguntas?"
"Oye, anciano, ¿estás confundido? Te lo dijimos en términos sencillos: danos tu casa y nos separamos. Si no, tendremos que recurrir a la fuerza."
"Estoy de acuerdo, anciano. De todos modos, no vivirás mucho."
El anciano entrecerró los ojos.
"¿Eres estúpido o sordo?"
"¿Qué dijiste?", exclamó uno de los bandidos, agarrándolo violentamente por el cuello de la chaqueta.
"Lo siento, chicos, no me di cuenta de inmediato de quiénes eran. Pasen. Les serviré un té. Buscaré los documentos de la casa yo mismo."
Los hombres intercambiaron miradas. Un destello de satisfacción brilló en sus ojos. Supusieron que el anciano se había dado por vencido.
Entraron. Pero los bandidos no tenían ni idea de lo que les esperaba en esa casa ni de cómo terminaría su visita. 😱😲