Algunas historias están hechas para sacarnos una sonrisa, sobre todo esos momentos alegres que la vida nos regala inesperadamente. Esta comienza una tarde cualquiera en un tranquilo pueblito, donde un policía se encuentra de repente con una imagen inusual: un anciano conduciendo una camioneta polvorienta con la caja llena hasta los topes de patos.
Sus alas batían, sus plumas se erizaban, y los patos graznaban con la seguridad de viajeros que se sienten como en casa en el corazón de la ciudad. El policía, esforzándose por mantener un tono firme y profesional, le indicó al anciano que se detuviera.
"Señor", dijo, "no puede andar por ahí con una bandada de patos sueltos. Tendrá que llevarlos al zoológico inmediatamente".
El hombre asintió pensativo. "De acuerdo, agente", dijo con una sonrisa amable. "Me encargo".
Se quitó el sombrero, arrancó el motor y condujo calle abajo, mientras los patos se contoneaban en la parte trasera de la camioneta como si disfrutaran del paseo.